¿POR QUÉ HAY ATEÍSMO EN EL MUNDO?

Jolimu

DEL BLOG DE JOLIMU “UNA CRUZADA POR LA CREDIBILIDAD”

Te alabaré; pues formidables y maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, aunque en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos: en tu libro estaban escritos todos mis miembros; que fueron luego formados, sin faltar uno de ellos. [Salmos 139:14-16]

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Yo jamás dudé de la existencia de Dios. Con 13 años tuve mi primer debate: defendí el diseño de la Creación ante mi mejor amigo, pese a mi ignorancia entonces de La Palabra. Y es que no se cree en un creador por conocimiento, sino por fe; solo siendo fieles a la fe se recibe luego la bendición de ver, con inteligencia humana, todas las evidencias de diseño en las obras del Señor.

La corriente ateísta de Marx/Engels entró a las aulas de mi país, Cuba, en los años 60. En los 70, creer en Dios implicaba en muchos sitios ser visto como un apestado. No lo fue en mi caso personal (quizás porque Dios me protegió), pero sí vi mucho odio a todo lo que indujera a pensar en un ser Omnipotente y Creador, su Hijo Redentor, y un Espíritu Santo santificador.

El himno ‘La Internacional’, forjado en hornos rusos del antiCristo, y cantado entonces en cada mitin político o sindical cubano, dice en una estrofa:

No más salvadores supremos, ni césar ni burgués ni Dios; nosotros mismos nos haremos, nuestra propia redención…”

En 1972, en una asamblea de jóvenes, fui propuesto para pertenecer a la Unión de Jóvenes Comunistas, en el contexto de un reconocimiento a mi apoyo a los trabajos voluntarios y a mi trayectoria laboral. Recuerdo que me puse en pie, agradecí el reconocimiento de mis compañeros, pero dije no poder aceptar por incompatibilidad, pues yo reconocía al Dios Creador.

Eran mis amigos y compartí 10 años con ellos: trabajábamos y hacíamos deportes juntos, nos reíamos, íbamos a fiestas; buena gente, con formación académica, casi todos con masters universitarios o alguna preparación técnica. Sin embargo, la mayoría decía no creer en Dios. ¿Por qué eran ateos? Lo vi con claridad hace muy poco: fueron engañados por satanás, el eterno enemigo de Cristo. Y esa convicción llegó así:

En los años 2008 al 2011 debatí mucho con miembros de varias confesiones cristianas. Por entonces yo asistía a una iglesia evangélica; pero incluso allí hubo porfía por la forma en que los teólogos habían llegado a tergiversar el Evangelio de Jesús, con enfoques contrarios a sus enseñanzas. Y quizás la mayor de ellas es el planteamiento de la salvación a través de la fe, sin necesidad de las obras que deben derivarse de tal fe, al margen de ellas, pese a la clara advertencia de Jesús: “A cada uno daré según sus obras.

Se hablaba más de teólogos reformistas (Calvino, Zuinglio, Bucer, etc) que de Cristo: piedra angular del cristianismo. Y siempre he dicho que jamás ha habido necesidad de reformas (innovar o mejorar algo) sino de Restauración (restituir algo al estado original), pues El Evangelio, según Él mismo advirtió, no puede ser alterado. Incluso he dicho que el mejor de los teólogos debiera permanecer encadenado a un cedro, hasta que el sentimiento de fidelidad a Cristo impregnara sus huesos. Para mí, la necesidad mayor de toda confesión cristiana es la Restauración del Evangelio de Cristo a sus orígenes.

Oré mucho al Señor por esto. Y una mañana de julio del 2011, al salir del ascensor de mi casa vi dos libros y dos folletos sobre la jardinera del frente, situada en el pasillo. El de arriba me impactó; su título: ‘La Restauración del Evangelio de Cristo’. Y me impactó no solo por el título, afín a mi propósito de los últimos años, sino también por la imagen que reflejaba… idéntica a la que me fue revelada en sueños dos años antes, el 2 de enero del 2009.

Bajo los folletos había un diccionario bíblico y un Libro de Mormón. Volví hacia la casa con ellos y los puse en mi librero. Salí de nuevo y, al regresar de mi gestión, empecé a leer ‘La Restauración del Evangelio de Cristo’. Días después, advertido años atrás del peligro de la gloria de hombres en la iglesia, me arrodillé con el Libro de Mormón en mis manos, cerré los ojos, y pedí al Señor (lo recuerdo muy bien): “Señor, si esta es tu Palabra, confírmamelo con tu Palabra”. No quería dar lugar a la más mínima duda.

Abrí el libro y en la parte superior de la hoja izquierda estaba escrito: 3 Nefi 12: 3-18. Cual no fue mi asombro al leer las mismas bienaventuranzas del sermón del monte que aparecen en el bíblico capítulo 5 de Mateo, junto las mismas advertencias bíblicas de Jesús sobre el matrimonio, el dinero, etc. Y lo más extraordinario es que esa condición se cumplía solo en esas dos páginas… ¡entre casi 700 que tiene el libro!

Una vez más el Señor respondió mi pregunta; me dijo, con Su Palabra, que ese libro contenía Su Palabra. Desde entonces, tiene para mí igual valor que la Biblia convencional (que no dejo de consultar constantemente). A través del Libro de Mormón he aprendido más en el último año que en toda mi vida; y dejo mi testimonio que forma parte del Evangelio de Cristo.

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